Nada más hermoso que atardecer en tu mirada, tú, como un domingo de Marzo tendido sobre la hierba.
Rompes mi sosiego con tu quietud de lago y con tus manos tímidas teje ternuras el aire.
Encarcélame en tu boca, comarca de girasoles cuando sonríes, llévame al bello arrecife de tus labios escarlata.
De mi sed, el agua alborozada, al descubrir el temblor de palomas que susurran tus yemas de rocío (y muero de celos cuando tus dedos se posan en las cuerdas de tu guitarra)
Nada más hermoso que atardecer en tu mirada, o en la cala amorosa que es tu cuello, donde reclino mi sien soñando otra madrugada para besar todos tus suspiros.
Perdona que así sea, pero no sé de otra manera, incluso aunque fuera una alcachofa, seguiría teniendo corazón.
Así moriré cargada de quimeras navegando en desnudos de barcarolas y con un sabor de [mil~hojas] en la lengua.
Así me sucedes, cosecha de acacias, perduras como un reloj sin manillas y cuando amaneces sonríen los tejados, los de las tejas verdes, con jardineras y caléndulas, y barandas enramadas de buganvillas, ah, y que no se me olvide la huerta, la huerta de alcachofas, con corazón*
Perdona que así sea, pero no sé de otra manera, y que me perdonen quienes conveniente lo crean, por no pedir perdón por quererte, aunque tal vez debiera.
Si pienso en ti y en tu llanura de caballos blancos a los que injerto alas o garras de leopardo, según mis pasos busquen tu anhelo o la herida, que, por mucho que sople se queda en el cuenco de tus manos.
Moriré entre la yerba buscando tu aroma de violetas o en la pomarada meciéndome en alguna rama, distraída en algún sudoku que no acabaré, en plena tarde con mis soliloquios, o tramando planes con la luna. Tal vez, tirada en el sofá menguada de frío enroscada a un oso polar que prepare palomitas, moriré soñando y escribiendo versos que mueren de amor en la plateada espalda del mar o en el azul remanso de tu boca.
Perdona que así sea, pero no sé de otra manera.
*
Amelie: Usted tampoco podría ser una alcachofa, porque incluso las alcachofas tienen corazón
Me bebí las ganas en un trago a solas, a la luz de una vela con tus ojos de cielo, mis manos sedientas buscaron tu viento y en una noria de ansias mi mentón en tu pecho, un torbellino tu pelo, tus labios, el hielo, me bebí las ganas en un trago a solas, con Arjona de fondo acompañándome a estar sola. A solas, me bebí las ganas, y llovió en mi lecho.
I Te encontré en un paisaje de tierra desde entonces eres semilla y ascua de mi sangre.
II Regreso a los paseos en primavera y voy llamando por tu nombre a cada flor que tropiezo por el camino.
III A veces te llamo Margarita, sé que arquearías una ceja disgustado, dirías: suena femíneo, y que es tristísimo arrancar sus hojillas sólo para saber si alguien mequierenomequiere. Por eso, cuando encuentro un Rosal hermoso, blanco, rosa, amarillo, rojo apasionado, lo respiro y contengo su esencia y descuelgo su aroma por mi cuello, cierro los ojos (te huelo)
IV Tú, como un canto en el camino, de nuevo tú, siempre tú y el jazz de tus labios, mi nostalgia.
V Sábeme bo ca s ca da de rocío en el concierto de tus yemas. De nuevo las flores laten acompasadas. Y esos ojos que me vencen en su caída.
VI ¿Y por qué? Pregunto al Viento, -cómplice de avivar mi fuego- ¿Por qué esta costumbre mía de imponer tu nombre a las flores? Y aletean con regocijo las ramas y en su silbido... te llaman.
VII ¿Te he dicho alguna vez que me anudo en tus silencios? Vives y estás en mi mundo en mi mundo y aparte.
A veces me descubro abrazada a tu ausencia, y es algo así como si quisiera escalar una montaña en patines.
Siempre es al alba cuando los sueños pulsan y los ojos husmean hacia adentro, las manos vuelan deseos para hacerse momentos de agua.
En la distancia de tu gesto quiero ser un árbol y quien dice árbol, ser ave y remontarte, aunque no sé si es la palabra exacta, se asemeja.
Renacer, tal vez, y anidarte entre mis manos para dilatar los sentidos y temblar al rozarte, prolongar besos por el camino de tu nuca, contracorriente, cautivando espacios.
Suele ser en algunos instantes, no todos, pero casi, cuando navego por el mar de tu universo que desdoblo las esquinas furtivas de tus ojeras, y entonces, ya no quiero ser árbol, ni ave, quiero ser tu sol, tu luna o tu estrella. ¡Qué tonta eres! - me digo- ahora sueñas despierta, (pero es que te quiero tanto, así, a mi manera, que me duele todo, menos cuando sonríes) y me estrujo a ti como una huella, o una costumbre, que a destiempo invoca la fuente de tus labios.
Murmura un canto de lluvia en mis labios, hay un olor de manzana en los dedos que quieren desnudar tu piel de bruma.
Es una trova que se enreda en los cabellos, como un fuego de campo de amapolas o un vuelo que galopa hacia tu tarde.
Dulcemente, asoma un rubor de naranja sanguina, imagino cómo serán tus ojos cuando roban sonrisas, y se me ocurre que tu pecho son magnolias.
Luego te rozo, siempre antes de que amanezca, poso un beso en tu sien y salgo corriendo como gacela para no despertarte y que se haga añicos este sueño de azúcar.
Tu boca es el ánfora donde el agua sueña con evaporarse en una porción de cielo –amor que, como el cielo, es infinito–. El Beso que oscila (Óscar Bartolomé Poy)
Indulgente quietud ampara el lago, un lecho de remanso en su margen oculto donde el agua sueña con evaporarse y deja su huella entusiasta entre las diminutas flores.
Acércate cascada a mi frente que vuela, rocíame con tu beso marino y misterioso, deja que tiemble viva en tu desnuda lluvia, y en tu acentuado soplo brotarán livianos mis pétalos.
Pronúnciame en tus ojos para morir amada mientras bebo del venero de tus labios frescos, que lentos, se aproximan al cauce de mis muslos para ofrecerme sin huidas la fluidez dúctil y voraz donde me descubro peregrina cuando me escampas.
"¿De qué beso lejano retornaste que reconozco cada uno de sus fuegos" (María Clara González)
Llueve, anochece y llueve, muerdo el susurro de mis labios, tu vientre -orilla silenciosa- donde remo corriente abajo mientras cae una llovizna de alfileres por la piel.
Llueve, anochece y llueve, navego por la estela de tu espalda y rezuman agua los rumores de la nuca.
¿De qué beso lejano retornaste empapando mi madrugada de lluvia?
Llueve, desbordándose una guerra de ascuas que se ahogan febriles en las entrañas. Camino un sueño por una alfombra de pinares, me doblego y busco su luz.
Llueve, anochece y llueve, despunta el olor a primaveras y reconozco el sol en tu mirada.
Lleva en sus manos el aroma del Aliso y en su pecho asila un denuedo apretado.
Apasionado es su beso de madrigal blanco y sus ojos arrullan como un salto de agua.
Yo no quiero ser de ellos desprendida, de sus ojos, los que arrullan. ¡Ah sus ojos, emancipan los océanos! Sólo en su cristalino indómito soy consciente de lo que es el amor, de la ternura que no se adultera en el tiempo, y de sus pestañas de Albatros en desbandada.
¡Oh! Su aliento cuando invade mi desnudez, o su voz cuando me nombra de madrugada. ¿Y sus labios? ¡Ay, sus labios de marea en calma! Son manzanas que se hacen agua en mi boca y silban huracanes que me arquean y desarman.
De sus ojos muy abiertos la sed y el hambre que abarcan del cielo las estrellas, toditastodas, para que las mire en sus pupilas de nomeolvides.
No, yo no quiero ser sin Él, ni estar de sus ojos una mañana desprendida ni de sus manos… ni de sus labios...
He volado en el sereno de tus ojos, volado sí, como vuela un pez o una gaviota, no me hace falta revelarte mis silencios, tú, me escuchas aunque no hable, y sabes lo que digo cuando pienso.
A veces, quiero decirte cosas, creo que por eso escribo versos, quiero decirte entre quereres, que además de volar en tus ojos, quiero ennoblecerme en tus manos, como esa breva que amansa con ternura tus dedos, y que me lleves a tu boca que sorbo a sorbo me endulces con el almíbar de un te quiero y sostenernos volando, en silencio, dejar que pase el tiempo y envejecer queriéndonos entre brevas y besos.
Amanece danzarina con sus dedos rosados para reposar jazmines en los lechos.
Y sus piececillos de baladre correteando entre la hierba alta, muy alta, tan alta que casi no puedes verla, apenas su cabello que obedece al viento, o acaso sus manos perfilando soles sobre un lirio temprano.
¡Siéntela, siéntela! ¡Bella Aurora!
¿No escuchas la brisa entre los álamos? Si cierras los ojos, sentirás que te rapta, que te rapta… ¡Vamos ciérralos! no puedes engañarla, la llevas en tus manos, plena como un lucero, inasible a tu piel se amalgama.
¡Mira! mira esa luz que no fenece y que ilumina bermeja tus mejillas, ese rescoldo de frescor que ofrece su desnudez bizarra, y su sonrisa quieta, y su piel de nácar.
Toda ella tejida de flores arrullando a las aves y la tibieza callada en sus labios, su brillo divino constante, sus colores son un vocerío de promiscuos manantiales, contémplala, sí, contempla la belleza amanecida su ambrosía que despierta viva vida.